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La escuela, semillero de amistad

Los vínculos que niñas, niños y adolescentes construyen con sus pares fortalecen habilidades socioemocionales, el sentido de pertenencia y el bienestar que los acompañará durante toda la vida.

Desde que nacemos, buscamos el encuentro con los demás. Primero con los adultos que nos cuidan y, poco a poco, con nuestros pares. En este proceso, la escuela ocupa un lugar fundamental: es uno de los primeros espacios donde niñas, niños y adolescentes construyen vínculos que van más allá de compartir un salón de clases y que, con el tiempo, reconocemos como amistad.

La amistad en la escuela ayuda a construir una red de apoyo que acompaña a niñas, niños y adolescentes dentro y fuera del aula. Con el tiempo, esos vínculos se convierten en una fuente de confianza, compañía y aprendizaje. Por eso, acompañar y cuidar estas relaciones desde la infancia es una tarea compartida entre la escuela y la familia.

Las relaciones sociales evolucionan con la edad, pero la necesidad de vincularnos nunca desaparece. A medida que niñas, niños y adolescentes crecen, las amistades también cambian: lo que comienza compartiendo juegos o actividades escolares se transforma en relaciones donde aparecen la confianza, el apoyo mutuo y el sentido de pertenencia. La escuela es el entorno donde estas experiencias se amplían, se diversifican y acompañan su desarrollo.

En el proceso educativo, los adultos somos modelos importantes, pero no los únicos. Los amigos ocupan un lugar especial porque viven experiencias similares, enfrentan retos parecidos y comparten intereses. Con ellos aprendemos a trabajar en equipo, resolver diferencias, escuchar, pedir ayuda, ofrecer apoyo y celebrar los logros de los demás.

Muchas veces aprendemos simplemente observando a quienes nos rodean. Ver cómo un amigo resuelve un conflicto, intenta algo nuevo o persevera frente a una dificultad puede inspirarnos a hacer lo mismo. Así, la amistad impulsa la curiosidad, la colaboración y el desarrollo de habilidades sociales y emocionales que acompañarán a niñas, niños y adolescentes durante toda la vida.

De acuerdo con UNICEF, durante la adolescencia el cerebro favorece una mayor conexión con el grupo de pares. El éxito social libera oxitocina, una hormona relacionada con el bienestar y la sensación de seguridad, por lo que es natural que los adolescentes busquen compartir cada vez más tiempo con sus amigos. Lejos de significar un alejamiento de la familia, este proceso forma parte de la construcción de su autonomía, fortalece la autoestima y refuerza el sentido de pertenencia.

Cuando la escuela promueve relaciones sanas, respetuosas y equilibradas, no solo favorece el aprendizaje académico; también fortalece el bienestar emocional y la convivencia. Crear espacios donde niñas, niños y adolescentes puedan expresarse, sentirse escuchados y construir vínculos seguros es parte esencial de una educación integral. Porque aprender también significa aprender a vivir con los demás.